Después de más o menos unos 30.000 kilómetros, vuelvo. No hay como viajar para, entre otras cosas, abrir la mente. Aunque todavía no me decanto sobre qué es lo mejor de los viajes: si los lugares o las personas. Posiblemente una mezcla de ambas. Caminar por el Támesis mientas -como siempre- llueve y escuchar un perfecto inglés de fondo (acompañado de otros cientos de idiomas) es encantador. Perderse por las calles de Barcelona y terminar saliendo a la puerta de la Baquería es algo mágico.
Como no podía ser de otra manera me encontré con varios orientales. Visité a muchos, en diferentes países, de diferentes edades, con diferentes realidades, y con tiempos de vida muy diferentes. Pero algo todos tenían en común: una sensación extraña con el país, mezcla de añoranza y resignación. A todos, indefectiblemente, les saltaba la pregunta de “y… ¿el país cómo anda?”; por más que la gran mayoría se mantiene mucho más informado que yo sobre todo lo que ocurre en este territorio. Los incendios del verano, el calor, el respiro económico, las reformas estatales que no hicieron temblar los árboles pero que están bien, etc. Entonces, después que en breves minutos hablábamos un poco de cómo está todo por acá llegan a la inexorable conclusión de que, por mucho que nos pese a todos, el país sigue igual. Pero no igual que como cuando ellos se fueron (algunos hace 10 años, otros apenas dos). Igual a como a estado toda la vida. Porque, en general, los grandes temas siguen siendo exactamente los mismos.
Y es que a medida que uno se pone a hablar con otros, y descubre que ningún lado es un paraíso (ni siquiera Londres, donde todos te piden perdón y gracias por todo) al mismo tiempo que intenta subir algún puntito al Uruguay, las caras de ellos se van transformando. Logré comprender que si bien ninguno de los que conozco tiene planes de volver, todos esperan que cambie para mejor. Y no para volver, no. Sino para poder hablar.
Nunca lo había pensado, fundamentalmente porque nunca había hablado tan seriamente con gente que cambió todo por otro futuro. Pero lo que más les cuesta a muchos es hablar con sus propios coterráneos. No es fácil explicar que no estás robando la plata ni que te volviste rico, cuando les explicás a tus familiares que a 8 meses de haber llegado a España te compraste un auto que es del 2000, o que acabás de venir de comprarle ropa y championes a tus hijos, o que te fuiste de viaje a Berlín en una escapada del fin de semana largo. Cómo explicarle a tus amigos que viven en Uruguay y que ganan un mísero sueldo, que ahora tenés cable, TDT, y ADSL. Porque seamos justos: somos envidiosos. Deben estar haciendo algo ilegal, ¡si acá no podían ni pagarse los boletos y por eso se anotaban en la facultad para tener el descuento estudiantil! Entonces se callan. Callan y no cuentan. ¿Cómo están todos por ahí?, Bien bárbaro… tranquilos. Dejan de mandar fotos de la nieve, o de poner en Facebook “volvimos de Francia!”, e intentan lavar sus culpas enviando cada cierto tiempo algunos euros, que a la larga se vuelven medios obligatorios.
Y mientras que acá seguimos discutiendo si patente única sí, si patente única no, ellos rezan para que cambie. Para así poder volver a mandar sus fotos con la familia, a contestar la irónica preguntita de Facebook sobre qué estás haciendo. Para poder volver a hablar.
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