Recuerdo que en las clases de Derecho la profesora nos explicaba que, fundamentalmente, las leyes siempre eran una consecuencia de la realidad. Es decir, que era difícil legislar algo que no pasaba. Por poner un ejemplo tonto: sería un hazmerreír legislar sobre dónde no pueden estacionar los platillos voladores. Por eso mismo siempre la legislación va más lento que la sociedad. Si a eso le sumamos la desconexión real y comprobable que numerosos legisladores de varios países tienen en sus neuronas, nos dará como resultado tener leyes estúpidas mucho tiempo después de que la realidad está instalada.
Leo en Montevideo COMM que a algún iluminado representante se le ocurrió legislar sobre los Cibercafés. Un poco tarde, pero lo que vale es la intensión. El primer cibercafé abrió en Londres en 1994, atendiendo una necesidad obvia: no todo el mundo tenía una conexión a la red y este tipo de comunicación era sensiblemente más barata que el teléfono. 24 años después la Cámara de Diputados del Uruguay presentará un proyecto que busca, entre otras cosas, quitar la palabra “café” del título.
A grandes rangos el proyecto plantea tres cosas:
- Que los cibercafés no vendan bebidas alcohólicas ni cigarrillos
- Que los menores de 18 años tengan regulados los horarios en los que pueden ir
- Controlar el acceso a determinados contenidos
1) Si bien estoy en contra del cigarrillo, no me termina de cerrar porque una ferretería, una panadería, e inclusive cualquier persona en el Parque Rodó puede vender cigarrillos y un cibercafé no. Pero como no me quita demasiado al sueño, hasta casi que lo llevo
2) Acá ya la cosa me cambia un poco. Dividamos la clase de menores. Aquellos menores que tengan una familia y un hogar constituído, será difícil encontrarlos, por ejemplo, a las 3 de la mañana. Aquellos que no, creo que quizás es mejor encontrarlos en un ciber. Pero además, mi primo de 17 es menor y tiene que ir al ciber a hacer algunos trabajos. Generalmente, durante la noche. ¿Tendrá que sacar un certificado? El propio INAU se ha dado cuenta la tontería de regular el tiempo cuestionándose sobre qué hora es la mejor: ¿18, 21, 23? Porque tengamos en cuenta que las 23 no son iguales en verano que en invierno, en La Teja que en Punta del Este, en Montevideo que en Salto.
3) Esto es glorioso. Antel proveerá un software para filtrar determinados contenidos (asumo que pornografía). Antes que nada, esos soft ya existen. Pero además, son altamente vulnerables, y seguramente más de la media de los chicos y jóvenes que visitan los cibers, pueden crakearlos. De cualquier manera el argumento fundamental es otro: la libertad. Separemos los tantos. Pornografía vista por menores: sí, está mal pero es una lucha perdida. Así como antes cualquiera conseguía una revista de Playboy o algún video pirateado, hoy la pornografía se consigue por todos lados. Y si no es en el ciber, será en la casa de los tíos. Me parece que más que prohibir quizás estaría bueno educar. Pornografía vista por adultos: en el proyecto anterior se planteaba dejar un par de computadoras con acceso total a los contenidos, lo cual era demoníaco, porque vieras o no vieras una página porno, seguro que las señoras del barrio te terminaban señalando. Atendiendo a eso el nuevo proyecto plantea la prohibición total. Niet. Que el Estado prohíba a un mayor a visitar páginas pornográficas es demencial. Ni hablemos que el resto de los contenidos potencialmente peligrosos (como por ejemplo: cómo armar una bomba casera, como hackear una página web, y cómo fabricar tus propias drogas) quedan totalmente abiertos. Nada de porno, pero si te querés armar una bombita para reventar el liceo dale con ganas. 6 pesos la hora y listo.
La mejor parte de todo el proyecto es aquella que busca eliminar la palabra “café” del nombre del negocio. Roque Arregui, diputado nacional del Partido Socialista, lo explica estúpidamente bien:
Con respecto al término “cibercafés”, “debemos tener en cuenta que esto es una deformación del lenguaje, ya que las empresas que brindan este tipo de servicios de Internet en realidad no venden café y no podrían hacerlo porque su función es otra”
Antes que nada sr. Arregui no: no es una deformación del lenguaje. (¿Qué lenguaje?). No todos los cibercafés reparten café. Pero dejando de lado ese detalle, no me queda claro el “no podrían hacerlo porque su función es otra”. SI yo tengo una ferretería y a cada cliente le quiero dar un vaso de vascolet, es de locos pensar que el Estado puede prohibírmelo. Los negocios, señor Arregui, no tienen otra “función” que ganar plata. Y si para ganar plata reparto café gratis, o te lavo el auto mientras estás en mi tienda, es una cosa mía. Sería como decir que ahora se va a prohibir que las Estaciones de Servicio te laven los vidrios porque no es su “función”. Ni hablar del nombre de los comercios. Si tuviera plata pondría mi “ferrolet”, mezclando tornillos y vasos grandes de vascolet: ¿dónde está lo malo?. ¿Deberé cambiar el nombre del comercio que acabo de comprar acá abajo, que se llama “lo de Carlitos” porque, técnicamente, Carlitos ya no trabaja más?
Creo que, de un tiempo a esta parte, existe una especie de Comité de Ciudadanos Puros, que busca que todos seamos puros, castos, limpios y buenos. Y no mezclar porno con tornillos, ni vascolet con bytes. Ni cigarros con alfajores. La pregunta es básicamente simple: ¿hasta dónde? Porque primero vinieron por los cigarrillos, y no dije nada porque no fumaba. Ahora vienen por el ciber, aunque yo tenga ADSL (que de paso, en las Europas los ISP están censurando a los grandes consumidores). Pero después vendrán por el sexo pago y el alcohol. Y no particularmente en ese orden.
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