Soy partidario del pensamiento de que todos los diferentes grupos sociales tienen, en mayor o en menor medida, las mismas características de la sociedad en su conjunto por ser, justamente, partes de la sociedad. Salvo, obviamente, en aquellos que son formados de forma expresa (por ejemplo: todas mujeres, o todos amantes del metal, etc). Y esto, naturalmente, ocurre en los diferentes grupos que formo.
Uno de ellos son los scouts. En mi grupo constantemente estamos trabajando sobre realidades sociales que, simplemente, escapan a nuestras capacidades. Padres separados, padres fallecidos, chicos con problemas de relacionamiento, etc. Sin embargo una de las que mayormente nos complica la existencia es el costo de las actividades. Quizás, por partir de una postura ideológico política, considero que las cosas tienen que costar lo que valen y, en el caso de que haya inconvenientes, se buscarán soluciones.
Supongamos que nos vamos de campamento. Dos días a unos 75 kilómetros de Montevideo, comida, actividades, materiales, transporte, todo incluído. Hoy ese campamento a los padres les cuesta aproximadamente unos $300 pesos, lo que para mí es sencillamente un regalo. Principalmente porque sabemos que hay padres que pagan, por campamentos similares en los liceos, $1.500 pesos. Entiendo que generalmente nos preocupamos en solucionar un posible problema de otros, sin que ese otro efectivamente nos haya planteado el problema. Es decir, intentamos bajar el costo a más no poder, para evitarle a los padres el pago del campamento. Eterna discusión sin ton ni son.
De cualquier forma, lo que siempre nos tiene a mal traer es la cuota. Nuestro grupo -como la gran mayoría- tiene una cuota mensual, que básicamente es con lo que funciona. Apenas $100 por mes. Esto (por más que ahora estamos instrumentando políticas para modificarlo) tiene un gran problema: al ser poco dinero y tener reuniones cada una semana (es decir, solo 4 al mes), generalmente los padres se olvidan de pagar. El 99% de los chiquilines puede pagarlo sin problema, simplemente se atrasan porque “me dejé la plata en casa” o justo el educador está en otro lado y los padres lo vinieron a buscar, etc, etc, etc. De hecho, fiel a una política muy clara, nadie queda afuera por problemas económicos, por lo que si no se paga, no pasa demasiado: las actividades se pueden seguir haciendo.
El panorama se vuelve complejo a fin de año, donde se realiza un campamento en enero que ronda el precio de los $800 por nueve días. Y claro, ahí viene el recordatorio de las cuotas impagas, y entonces se complica, porque la suma de todo sube y sube. Entonces bueno, borrón y cuenta nueva: pagá el campamento y después vemos.
¿Qué pasa con esto? Que los giles que pagan las cuotas todo el año (que generalmente son los que menos recursos tienen, y los que más esfuerzos hacen para pagar) son los que bancan el trabajo de todos durante todo el año. Pagan mes a mes, pesito por pesito; mientras que el resto pues… no paga nada. O paga la mitad, tarde, mal y nunca a fin de año.
Y todos diremos a coro: siempre pagan los nabos de siempre!. Y nos ponemos metas para cambiarlo y la mar en coche. Hasta que después viene la IMM y dice que todos los que no pagaron la Contribución Inmobiliaria la pueden pagar sin multas ni recargos, y hasta refinanciarla. Y todos aquellos que ahorraron pesito por pesito, que dejaron de hacer otras cosas (así igual fuera salir a tomar un helado en García), en realidad son unos nabos. Porque se olvidaron de que estamos en la sociedad que premia al que no paga, y castiga (y vaya si castiga!) al nabo que paga siempre.
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