Tiempo y espacio

En Uruguay el tiempo viaja de manera extraña. No vamos a decir que es diferente a otros lados, porque no conozco tantos otros lados. Pero sí especial, por decir algo. Y no me estoy refiriendo al “especial” de Tiahuanaco (donde sí estuve) en donde los relojes se frenan, y los segunderos van efectivamente más lentos. Sino que es especial… especial como los horarios del D11 que dicen, en algunas paradas, que pasa a las 7:62, por ejemplo.

Cuenta una historia que una vez, allá por la década de 1940, uno de los mejores ingenieros agrónomos de Europa vino a Uruguay a compartir su conocimiento con los ingenieros orientales, de forma de poder mejorar los índices de producción. Durante más de dos años estuvo trabajando codo a codo con los ingenieros uruguayos, viviendo directamente en el campo, actualizando tecnologías, maquinarias, conocimientos, compartiendo experiencias. Uruguay vivía todavía del dinero que le habían dejado las guerras, y se podía avanzar en ese sentido. El hombre volvió a su patria y, años después -seguramente a raíz de las amistades entabladas en aquellos tiempos de trabajos duros- volvió a Uruguay. La historia dice que en algún asado con cuero, de alguna estancia del Uruguay el hombre comentó maravillas del Uruguay, pero -entonado quizás por el calor del vino- se empecinó en decir una y otras vez un comentario que los lugareños no terminaban de calificar: ¿era bueno?, ¿era algo malo?.

“Los uruguayos tienen una cualidad que yo, que he tenido la suerte de viajar por varios lugares del mundo, no encontré en casi ningún otro pueblo: se arreglan con las cosas que tienen a su alcance. Y más que llorar por lo que no tienen, intentan solucionar los problemas con los materiales que tienen a su mano. Entonces vemos tractores arreglados con alambres, tornillos que entran donde no deben, y porteras atadas con cuerdas. El problema de los uruguayos es que se piensan que esas soluciones son para siempre”.

Más de 60 años pasaron desde que aquel viejo europeo visitó nuestras tierras, pero la percepción espacio temporal de los orientales no ha variado un ápice. Y seguimos emparchando las cosas en vez de solucionarlas (seguramente por un tema de recursos), pero nos creemos que eso durará para siempre.

La primera vez que visité la Ciudad de la Costa tenía dos años. Se convirtió (por un tema de cercanía y lejanía a la vez) en el lugar ideal de las vacaciones de verano familiares. Era lo suficientemente lejos de Montevideo como para pensar que estábamos en otro lugar, de vacaciones; y era lo suficientemente cerca como para que mi viejo fuera y viniera todos los días al trabajo. En aquellos tiempos, en donde todavía me costaba entender por qué los mayores se conformaban con unos escasos 15 días de licencia en vez de los 3 meses míos, descubrí que la rambla de la Ciudad de la Costa tenía pozos. No era una calle super transitada, ni siquiera era asfaltada (aunque un par de veces pasó por ahí la Vuelta Ciclista), pero tenía un par de pozos que, para aquellos que no los conocían, podían ser peligrosos. Algunos años después, conforme la ciudad crecía, la calle se asfaltó, pero por alguna extraña razón los pozos se negaban a desaparecer. Al poco tiempo estaban ahí de nuevo. 15 años después iniciaron un proceso de ensanchamiento de la rambla. Más de 150.000 mil personas viven en la Ciudad de la Costa, y todos los días usan la rambla como principal arteria para ir a Montevideo. La rambla, que comenzó siendo una callecita de piedras que nos separaba de la playa, se convirtió en una doble vía con cuatro carriles, cantero en el medio como la gente, iluminación, rotondas (ya hablaré alguna vez de ello). Dicen los que no saben que se invirtieron más de 4 millones de dólares.

A mí entender obviamente fue poco. La rambla debería ir desde el Puente Carrasco, pasando por San José de Carrasco, Lagomar, y Solymar, para terminar en El Pinar. Sin embargo la nueva rambla comenzó en San José de carrasco (es decir 5 km después de su origen), y termina bien en Lagomar (15 km antes de donde debe terminar). La calle sigue claro, sin cantero en el medio, sin luces, carteles, banquina, nada. Eso sí: los pozos siempre están. Sobre todo en aquella parte incial, donde ni siquiera llegó la doble vía.

24 años después que se asfaltó por primera vez, esos primeros 5 kilómetros, nunca han tenido una mejora. Pero ufff… ¡cuántas reparaciones y bacheos!. Al principio no había verano en que no lo “arreglaran”, porque era la temporada. Pero después, gente como uno se quizo quedar todo el año. Y el emparche llegó cada 3 ó 4 meses. Pasaba la máquina, tiraba un poco de material, lo apisonaba, y listo. Que durara lo que más pudiera, y todos contentos. Eran días en que uno podía ir a una velocidad adecuada por la rambla, sin temor a perder el eje por el camino. Hasta que llovía, y uno se acordaba de los parientes de las autoridades.

Más de 60 años que aquel viejo ingeniero visitó el Uruguay y nos conoció, nuestras costumbres no han cambiado. Seguimos pensando que un bacheo es la solución, y que tapar el pozo con tierrita es lo ideal. Hasta que llueve.

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