CSI: Montevideo (o cómo el hambre te puede llevar a la cárcel)

Desde que comenzó todo esto yo quería escribir algo, pero no sabía qué. Y además, cada dos semanas aparecía una nueva información, un nuevo hecho, un nuevo detalle, que hacía que, todo lo escrito estuviera mal. Aunque sí tenía clara una cosa: la historia estaba mal contada, como dicen los brasileños. Es decir, había algo que faltaba saber.

Parece que un día los dos iban a salir a cenar. “Tengo que ir a cambiarme” le dijo la mujer, “bueno… te espero acá en el auto. No tardes” habrá contestado el marido. La mujer subió al apartamento, entró, y casi se muere. Una mujer la atacó, la quiso ahorcar, le pegó varias patadas, le dio dos disparos en el estómago, la apuñaló, le pegó un par de patadas, y se fue. La víctima, desde el piso de su apartamento, gritó como una condenada. Los disparos se escucharon a varias cuadras a la redonda. Los obreros de una construcción enfrente escucharon todo. Y la policía no tardó en caer. 40 minutos después el marido subía a ver qué pasaba: alguien había intentado asesinar a su mujer. No quedaba claro por qué, quién, ni cómo habían podido entrar al apartamento sin forzar nada. La policía no tenía ninguna pista clara, y el caso empezó a tomar estado público: la contadora debe saber algo y por eso la quieren matar. Ningún periodista (repito, ninguno) se dignó a averiguar dónde trabajaba (y sobre todo, para quién) la contadora. De cualquier forma, algo faltaba contar, algo faltaba saber.

La víctima fue entonces hospitalizada en el Hospital Británico porque claro… se había salvado por poco. Mientras se recuperaba, su marido la cuidaba (por aquello de los votos matrimoniales asumo). Una noche, la misma mujer del principio ingresó al Británico disfrazada de enfermera y le trató de inyectar algo a la pobre mujer que, reconociéndola, comenzó a los gritos. Medio hospital revolucionado, pero la agresora logró escapar. ¿El marido? Dormía a su lado y no se enteró de lo que pasó. Cuando salió finalmente del hospital, se separó de su marido. Las malas lenguas dicen que lo dejó en la calle, sin un peso, y sin posibilidad de ver a su hija. La policía seguía sin pistas claras, y la opinión pública tenía clara dos cosas: la quieren matar porque sabe algo, y la policía no sirve para nada.

Como parece que no es normal que a uno lo quieran matar tan seguido, y además se había separado de su marido, la mujer se fue a vivir con su familia (sobre todo para tener a alguien cerca siempre). Una noche, cuando llegaba en el auto con su tío y su hija, dos sicarios le dispararon al auto, hiriendo al tío. Para el resto de los mortales, la contadora definitivamente sabía algo y la querían callar. Aunque claro… en esos lugares donde si sabés, la quedás… no existe el casi. O sabés o no, o te morís o no. No existe alguien que casi sabe.

Algunas semanas después la policía resolvió todo. La amante del marido quería matar a nuestra contadora y, en vista de que no había podido en dos ocasiones, contrató por 4.000 dólares a un par de sicarios para que terminaran el trabajo. Aunque parezca mentira, la policía los atrapó por golosos. Mientras que esperaban afuera de la casa de los parientes de la contadora, esperando que llegara, fueron hasta un almacén a comprar algo para comer, entre eso un alfajor. Y -bien de sucios- terminaron de comer y tiraron el alfajor a la calle. La policía encontró el envoltorio, y por el código de barras logró averiguar en qué zona y lugar había sido distribuido. Fue hasta el almacén y pidió los registros de la cámara de video, donde se veía a nuestros sicarios comprando con la amante del marido. Marchen todos presos. La historia cierra (la noticia no, porque seguirá, seguirá, y seguirá).

Ante esto, algunas cosas:

  • Ahora todos conocen a la mujer, y todos conocen al marido. “Era compañera mía de la escuela”, “yo jugaba con él de chico”, “vivían en el mismo edificio que la vecina de la novia del primo de mi amigo”. Relacionarnos con lo que se habla nos aumenta el espíritu y la autoestima.
  • Ahora, a todos nos cierra: era el marido.
  • Es increíble lo que la policía sabe hacer en algunos momentos. Claro, después va y un policía se viola un par de mujeres en un campo, o mata a su mujer por casos de violencia doméstica, y esas cosas no se pueden evitar ni, a veces, aclarar.
  • Qué difícil parece matar a alguien y, en contrapartida qué fácil que parece escaparle a la muerte. Si la historia fuera de cine europeo, la mujer saldría del juzgado contenta para empezar una vida nueva, y al cruzar una cebra se la llevaría puesta algún ejecutivo que venía manejando y hablando por el celular.
  • 4.000 dólares por matar a alguien parecen, a simple vista, poco dinero. Quizás era una oferta. Lo que nos recuerda que, aún en este tipo de negocios, la calidad y el precio generalmente van de la mano.

Obviamente la contadora, no sabía nada.

One Response to “CSI: Montevideo (o cómo el hambre te puede llevar a la cárcel)”

  1. Lo que tenía que saber la contadora es que si sos de CCEE no podes vincularte con los de Arquitectura… jeje (un poco de humor negro, ya que todo se terminó con un final feliz).

    Gracias por la cita.

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